sábado, 11 de abril de 2015

domingo, 29 de marzo de 2015


     Os invito a que leáis este magnífico artículo del filósofo Manuel Cruz, publicado en El País, el 30 de marzo de 2015, donde ilustra perfectamente la decadencia de la cultura actual, lo que explica, entre otras cosas, que ciertos personajes de la pseudo televisión sean tan famosos y reconocidos por el gran público.

Visto uno, vistos todos

En nuestros días empiezan a parecerse las personas con estudios superiores y las que apenas superan la educación básica. Los ignorantes andan crecidos, alardeando de lo que consiguen sin saber apenas nada

 

 

No me quedó otro remedio que enterarme porque lo proclamaba a voz en grito desde la mesa de al lado. La muchacha, que, a la vista de sus modales, su manera de hablar y su forma de vestir parecía pertenecer a una clase social acomodada, intentaba disuadir de su idea de llevar a cabo un crucero por los fiordos noruegos como viaje de novios a una de las amigas con las que compartía mesa. Ella, explicaba, ya había hecho tiempo atrás ese mismo crucero con su familia y había regresado decepcionada. El motivo de su decepción no podía ser más concluyente: “Visto uno, vistos todos”, sentenciaba a modo de resumen de su aburrida experiencia.

La sentencia de la chica me recordó la de aquel fontanero que apareció un día por casa para arreglar un escape y que, al comentarle yo que le había llamado con urgencia porque estaba a punto de salir de viaje hacia Roma, me hizo saber que él no conocía la ciudad, pero que ello era debido a que, afirmó textualmente, “a mí Roma no me llama”. Supongo que he asociado las dos situaciones porque en ambas sus protagonistas se movían con análogo desparpajo, con una similar seguridad. Sin embargo, vale la pena constatar una importante diferencia entre ellos. El fontanero era, de manera manifiesta, un hombre de escasos estudios, mientras que mi vecina de mesa con toda probabilidad había cursado alguna carrera universitaria. Sin embargo, sus afirmaciones resultaban perfectamente intercambiables: “Los fiordos no me llaman”, podía haber dicho él; “¿ciudades con monumentos? Vista una, vistas todas”, podía haber declarado ella.


No deja de ser significativo (y preocupante) que en nuestros días empiecen a parecerse tanto, a reaccionar de maneras tan intercambiables, personas con estudios superiores y personas que apenas han superado los niveles educativos más básicos. Probablemente la semejanza sea el resultado de la generalización de un modelo de lo que debe ser la educación y del valor de la cultura que ha terminado por convertirse en el nuevo sentido común dominante.

Pensemos, sin ir más lejos, en la forma en la que tiende a plantearse hoy eso que antes se denominaba proceso educativo. Ha pasado a ser considerado como una antigualla completamente obsoleta sostener que, en su conjunto, dicho proceso debería ser pensado en términos de formación integral del ciudadano o cosa semejante. Frente a tamaño anacronismo, se nos repite hoy por todas partes —de hecho, se han incorporado al coro de los repetidores incluso nuestras propias autoridades ministeriales—, se trata de plantearlo como una gran formación profesional destinada a preparar a los individuos para una más eficaz inserción en el mercado de trabajo. El nuevo planteamiento tiene sus efectos sobre la vida de los individuos, entre otras cosas porque, en este nuevo diseño, el criterio para valorar el éxito personal ha pasado a ser no solo haber alcanzado el objetivo de la inserción, sino, de acuerdo con la misma lógica economicista, haberlo hecho en las mejores condiciones, esto es, obteniendo el máximo rendimiento económico, lo que equivale a decir ganando el máximo dinero.

Desde esta perspectiva, se entenderá un fenómeno muy característico de nuestro tiempo, y es que los ignorantes anden crecidos. Si antaño se avergonzaban de su ignorancia, ahora es frecuente que saquen pecho e incluso alardeen de lo que han conseguido sin saber apenas. Y es que, en efecto, no sostiene nada que contravenga este discurso, hoy hegemónico, quien hace ostentación de haber obtenido el mismo resultado —el único que se declara importante: el enriquecimiento, a ser posible rápido— por otras vías, sin necesidad de haber seguido el recorrido convencional del estudio y la preparación académica. De ahí la llamativa seguridad con la que determinados personajillos de celebridad efímera hacen en público (preferiblemente, en televisión) un reconocimiento explícito, carente de toda pesadumbre, de su completa ignorancia. Se trata de una seguridad de idéntica matriz, en el fondo, que la de la muchacha o el fontanero de las anécdotas iniciales.

Llegados a este punto, cabe preguntarse: al margen de que, por las razones indicadas, los ignorantes actuales (ignorantes posmodernos, podríamos denominarlos) se hayan sentido liberados del superyó tutelar tradicional, según el cual era necesario tener cultura (o, en su defecto, aparentarla) si se aspiraba a alguna forma de prestigio social. ¿En qué se funda esa llamativa seguridad de la que aquéllos han pasado a hacer gala?

Conviene plantear una primera observación. Probablemente el hecho de que la seguridad del ignorante nos llame tanto la atención revele un error de interpretación por nuestra parte. Un error consistente en dar por descontado que el tipo de personaje que estamos diseccionando debería experimentar algo parecido al horror vacui por el hecho de no saber, cuando, en realidad, el ignorante consecuente es aquel que no sabe que no sabe; entre otras razones, porque ese profundo vacío que le constituye está ocupado por un espeso engrudo, por una densa y turbia papilla de tópicos, banalidades, convencimientos sin el menor fundamento y otros materiales de desecho.

De lo que se desprende que el planteamiento precedente necesitaría ser reformulado, incorporando un matiz sustancial. El problema de nuestros ignorantes de hoy (en otros aspectos, idénticos a los de siempre, claro está) no es tanto que no se den cuenta de la cantidad de información y conocimientos de los que no disponen, como que se les escapa el valor de los mismos; o, tal vez mejor, que atribuyen un valor por completo equivocado tanto a lo que ignoran como a lo que creen saber. No solo porque consideren que esto último se encuentra en idéntico plano que lo que desconocen y, más en concreto, con la cultura en el sentido más clásico, sino porque atribuyen rasgos equivocados a ambas esferas.


Así, sigue siendo, por desgracia, muy frecuente que estos ignorantes consideren que la persona culta, ilustrada, leída o refinada es alguien que verdaderamente no está en el mundo, sino, en el mejor de los casos, en su mundo. Mientras que ellos, por lo que respecta a sí mismos, están persuadidos de pisar con los pies en el suelo y enterarse efectivamente de lo que pasa, en su más concreta y tangible materialidad. Sin embargo, repárese en que los protagonistas de nuestras anécdotas iniciales testimonian exactamente lo contrario. Para ellos lo real desfila ante sus ojos plano, monótono, perfectamente inerte e insustancial. La relación de sus desdenes podría prolongarse casi hasta el infinito. En el ámbito de la cultura sin duda dirían: “Visto un museo [a fin de cuentas, un conjunto de salas llenas de obras de arte], vistos todos”, “escuchado un concierto de música clásica, escuchados todos”, etcétera. Y si se prefiere pasar a los registros por los que empezaba este artículo, a buen seguro afirmarían: “Vista una playa, vistas todas”, “vista una selva, vistas todas”, etcétera. Y así, en todos los planos.

Su realidad, esa respecto de la cual tanta ostentación hacen de mantener una relación sólida y privilegiada, es una realidad plana, sin fondo, carente de toda profundidad o densidad. Lo que nos permite señalar la segunda parte de su error, la inadecuada valoración que llevan a cabo de cuanto ignoran. Porque existe otra realidad o, mejor dicho, lo real es mucho más rico de lo que estos ignorantes alcanzan a vislumbrar. Pero para acceder a dicha riqueza se requieren determinadas herramientas y destrezas, que son las que, precisamente, proporciona ese tesoro heredado que denominamos cultura.

Las cosas son, pues, exactamente al revés de como las planteaba el tópico aludido en el párrafo anterior. No es cierto que la persona culta, en sus ensoñaciones espiritualistas, vea lo que no hay. Lo cierto es justo lo contrario: que la persona inculta, ignorante, no ve lo que hay. Así, por no abandonar los ejemplos citados, la belleza —la del mundo y la del alma— pasa por delante de sus ojos constantemente sin que sea capaz de percibirla. O si prefieren decirlo con diferentes palabras: la persona culta no solo dispone de un mundo interior más rico, sino que penetra en el interior del mundo. De la otra persona, hemos dicho antes que no sabe que no sabe, lo que significa, en resumidas cuentas y a la luz de todo lo que hemos planteado a continuación, que lo que de veras no sabe es lo que se pierde.

Manuel Cruz es catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona.

 

 

jueves, 26 de marzo de 2015

viernes, 13 de marzo de 2015

PEDRO PÁRAMO de Juan Rulfo

   

  Dicen que una de las grandezas de la literatura, del cine, de la pintura, del arte en general, es la de convertir lo cotidiano es algo mágico, de ser capaz de explicar las sensaciones, los sentimientos, los sueños y  que nos sintamos identificados con lo nos están contando, que toda esa creación nos envuelva y nos transporte hasta lugares o espacios desconocidos, increíbles, de creernos únicos y especiales por ese instante,  por eso son muy pocos los llamados a conseguirlo, por eso es tan cara la gracia de los que la poseen.

     Quizás el lenguaje sea uno de los instrumentos más difíciles con los que trabajar, un código que ha inventado el hombre al que le ha aplicado unas reglas para que todos nos entendamos, una herramienta complicada de doblegar y manejar, más intangible, que un pincel, una cámara o un trozo de mármol, no lo sé.

      Pero cuando se consigue subvertir el orden acordado de ese código, pero dentro de esas reglas, cuando se juega con sus ingredientes, como un cocinero imaginativo juega con los ingredientes de un plato tradicional hasta conseguir otro radicalmente distinto, el resultado nos rompe los esquemas, nos ilumina y nos conmueve.

     Desde que los juglares cantaran aquellas gestas en el medievo donde se ganaban la vida, de poblado en poblado para divertir a reyes, nobles o al pueblo llano con sus chanzas y sus historias, nuestra lengua, el castellano, ha sufrido una serie de hitos, lo han acariciado  autores, capaces de exprimir y de sacarle resultados nunca alcanzados antes. Cervantes, Garcilaso, Quevedo, Galdós, García Márquez, Rulfo, etc.
    
     Y es cierto que con lo que sueña cualquier escritor que se precie es conseguir interesar por lo que escribe, por cómo lo escribe y si es posible innovar con ambas cosas, con el contenido y con la forma.

      " Y su voz era secreta, casi apagada, como si hablara consigo misma... Mi madre"


        La novela que nos ocupa, entera, se mueve en el terreno de lo onírico, desde que empezamos a leerla hay síntomas, de que algo raro pasa, desde que Juan Preciado, le pregunta al arriero que encuentra por el camino a su llegada a Comala, Abundio, por doña Eduviges, nos parece que los personajes flotan y se mueven en un marco espacio-tiempo desconocidos.

         El libro, todo él, está escrito en un depurado estilo, con un gran manejo del lenguaje, como una suave melodía, muy lírico, muy poético, introduciendo términos mejicanos, americanismos, contantemente dentro del texto ( tiliches, papalotes, chicote...). Se altera constantemente el orden de las frases, los diálogos, las voces de los personajes. Dentro un mismo fragmento, tiempos y situaciones distintas  se entremezclan, sin aparente conexión entre ellos, hasta que una frase o una descripción relaciona y da sentido a todo ese puzle. 

     Dentro de las pocas pistas, de las pocas ayudas, que nos ofrece Rulfo, para seguir su hilo conductor está la división del mismo en fragmentos,  apenas separados, por dos espacios en blanco, ningún capítulo, ninguna numeración, se atisba, nada que nos de un respiro en el transcurrir  de la historia .

     Proponemos un juego, y es leer alguno de esos fragmentos sueltos, como relatos breves, y tengo que decir que todos tienen sentido, en especial el último del libro, el que cierra la novela, que podría ser uno de los grandes relatos del realismo mágico, a la altura, verbi gratia,  de Continuidad de los Parques de Cortázar.

     Debió ser un tipo muy extraño, muy lúcido, así me lo atestigua alguien que apenas lo vió un par de veces, muy metódico, y un gran fotógrafo. Su novela la componen 69 fotografías, 69 párrafos, si no me he equivocado al contarlos, que unidos, dan lugar a un libro, distinto, a una película muy original, ambientada en cualquier pueblo de México, o del mundo,  y sus personajes, son retazos de seres humanos, almas desangeladas que rumian sus pesares en un limbo en forma de pueblo, a quienes  Rulfo debió conocer en algún momento, hasta distosionarlos y aplicarles su imaginación, su inventiva y convertirlos en habitantes de Comala. Comala es la orilla de la que parte la barca de Caronte al cruzar la laguna Estigia donde el alma  deja todos sus recuerdos:
"mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama el agua fría,
y perder el respeto a ley severa."

     Escribir, es quizás el más ingrato de los oficios, pasarse el día entero sentado para escribir apenas dos líneas, como decía Gabo, y después estar dispuesto a borrarlo todo porque no te gusta, y entregarlo sin que te guste y no leerlo cuando se publica porque te avergüenzas de aquella frase, tan cursi, y que  te inviten a una tertulia a hablar de tu libro para que te hagan determinadas preguntas que te horrorizan sobre ese librillo, y querer llamar al editor para que te deje el manuscrito y rectificarlo o querer reeditarlo si ha habido ventas que merezcan reeditarlo, o empezar a pensar en el próximo libro cuando aún no te has repuesto del anterior, es todo un ejercicio de valentía torera, hay que ser muy valiente para caer otra vez donde mismo, pasar las mañanas encerrado, como un opositor mientras en la calle florece la primavera y se llenan las terrazas de gente y tu estás con el retrato de un personaje, que es gordo, que se quedó huérfano de pequeño, que encima es un antihéroe, y tienes que darle un tono de voz, un halo de gracia, engastarlo en la trama, dotarlo de pulso narrativo, y te acuerdas de tu vecino, que más o menos es así, y empiezas a describirlo, solo que con otro nombre…

     Quizás es lo que le debió ocurrir a Rulfo para haberlo dicho todo en dos obras, quien para alguien lacónico es mucho y es todo.

 

 


martes, 24 de febrero de 2015

EL BARÓN RAMPANTE de Ítalo Calvino





   

Una ventosa tarde de verano, el 15 de junio de 1767, el barón Cósimo Piovasco de Rondó a la edad de doce años, sentado a la mesa familiar a la hora del del almuerzo y tras negarse rotundamente a probar un plato de caracoles, y en acto de rebeldía,  toma la decisión más importante de su vida: encaramarse a un árbol del jardín familiar y vivir así, rampante y errante, el resto de sus días, en la copa de los árboles de su localidad de Ombrossa.

     Asistimos así a las peripecias de uno de los personajes más curiosos de la literatura, donde observamos, desde un plano cenital, el mundo y todos los acontecimientos sociales y culturales que ocurren a su alrededor,  en la segunda mitad del siglo XVIII y principios del XIX, narrados por su hermano menor.

     Tomando el modelo  roussoniano de la libertad en la Naturaleza, del hombre bueno por instinto natural, Calvino crea un personaje, que vive hasta el final de sus días fiel a sus principios y creencias, que se aleja, desde muy joven de los convencionalismos sociales y rígidos de la época que le toca vivir y que se podrían extrapolar a cualquier época. Crea un micromundo en la copa de los árboles, cuya mayor premisa es no tocar, bajo ningún concepto tierra firme, pase lo que pase, y donde aprenderá a cazar, a lavarse, a dormir, a pescar, a pensar y desde donde se enamorará de la "sin par" Viola, la hija de los marqueses de Ondariva y nobles de Ombrosa, vecinos de la finca de sus padres.

     El libro no adolece de momentos cómicos, cargados de ironía, como cuando conoce al bandido más temido del lugar, Gian dei Brughi, temerario y peligroso y que al entrar en contacto con Cósimo descubre la lectura hasta convertirla en su más alta pasión, hasta tal punto de  que dos correligionarios de su banda le amenazan con quitarle el libro Clarisa, que lee con denuedo,  del que vive pendiente  si no accede a perpetrar un robo con ellos.

     Desde la posición privilegiada que ocupa conocerá a agricultores, bandidos, piratas, mujeres, exiliados españoles, desde ese ojo de halcón que representa, evitará los incendios del lugar y ejercerá cuando le toque por herencia, el título nobiliario de su padre, de olmo en olmo y de nogal en nogal.

     Un texto aparentemente sencillo, una visión humanista de la vida, donde prima el amor a la naturaleza, la vida en libertad, donde se conjeturan comparaciones con la vida de Calvino y su relación con el partido comunista en el que militaba y del que se separó tras los incidentes de Hungría, donde se mira la vida de una posición separada pero no por ello menos comprometida, "Era un solitario que no evitaba a la gente. Al contrario, se habría dicho que sólo la gente le importaba" "Las empresas más osadas se viven con el alma más sencilla".

     El barón irá adquiriendo un rango entre la gente del lugar, hasta convertirse en una especie de tótem, de oráculo, de semidios y entre sobreprotector..."En realidad, había nacido como una superstición entre la gente del pueblo, la de que llevarles una ofrenda al barón daba buena suerte".

     Conocerá la masonería, participará de la Revolución que importan de Francia diciéndose "existían también entre nosotros todas las causas de la Revolución francesa. Sólo que no estábamos en Francia, y no hubo Revolución. Vivíamos en un país donde se verifican siempre las causas y no los efectos " o " Ya se sabe que los revolucionarios son más formalistas que los conservadores", dialogando entre otros personajes con Napoleón de camino a una de sus campañas.

     Es un libro que bien podría ser un canto a la libertad, de pensamiento y de vida, donde el hermano-narrador al final del libro se lamenta de haber sido "siempre un hombre sosegado, sin grandes impulsos o manías, padre de familia, de linaje noble, ilustrado de ideas, respetuoso de las leyes...pero dentro ¡qué tristeza!", y que termina con un final a la altura del personaje y de su historia , donde el barón se despide de la forma más poética que imaginarse pudiera.

 
















 

lunes, 5 de enero de 2015




Siempre he pensado que recomendar ciertos libros, es un regalo de valor inapreciable...


 

 ...Felices Reyes

La vida es una apuesta, donde el éxito depende de como juegues tus dados y cómo caigan al chocar entre ellos.